viernes, 27 de noviembre de 2009

Sexo sobre las arenas...

"Claudia gemía estirada en las arenas del desierto, ella sabía que las manos del moro le recorrían bajo el vestido de gaza que ese día la vestía en harapos... perdida en el desierto que se había propuesto conocer a fondo y en el cual se había perdido atraída por las pieles morenas quemadas por el sol.
El moro la fue desvistiendo con delicadeza, mientras dejaba caer a gotas el agua de su cantimplora sobre sus labios.
Los dedos del moro iban despegando las telas roídas por el salvaje paisaje que quemaba la piel de claudia y la hacían arder en deseo a los roces de las delicadas, pero fuertes, manos callosas del beduino. Los labios del ladrón de la arena le fueron robando besos hechiceros de su piel, sus senos ya desnudos se disparaban en deseo erigiendo los pezones blandos y secos, que al roce de los dedos del moro, goteaban ambrosía viscosa y cristalina a la vez volviéndolos a la vida, anunciando que su cuerpo no se opondría a nada que él hiciera... ella sentía como la nariz del moro le iba recorriendo a centímetros cada recodo de su piel. De pronto lo sintió tan cerca de su sexo, que dejó que sus piernas se abrieran para dejar paso a los rústicos labios del hombre que vestía el negro con hidalguía cabalgando día a día las arenas del desierto árido que les envolvía. La tibieza de la lengua del beduino sobre sus labios vaginales, fueron venciendo cualquier barrera u oposición que en ella surgiera. Estaba entregada al placer y medio moribunda de recorrer las arenas, pero su cuerpo respondía con contracciones a cada caricia. El punto frágil que separaba escondido entre los pliegues fue floreciendo a las caricias del moro quién no dejaba de lamer con delicadeza cada rincón humedecido, empalagoso y hambriento de sexo. Esos labios que no se detenían para socorrerle, sino que para violar sus debilidades tendida en la arena. Ella lo disfrutaba como si fuera su primera y última vez. Uno de los gruesos dedos del fantasma de las arenas, se introdujo probando su dilatación, y le tocó el punto más sensible que habría en una mujer y que ella no conocía hasta ese instante, mientras la boca del beduino le tragaba por sus nalgas agotadas por el deseo, ese rugoso punto en su interior que luego de suaves toques, le iban instando a explotar por dentro, que la prendían y aunque se sentía vejada, lo disfrutaba plenamente.Su cuerpo se fue llenando de sensaciones,sus caderas se dejaban vencer sin oponer resistencia, y su cabeza se convertía en un laberinto de pensamientos.Por ratos volvía a la calma, pero bastaba el ligero cambio de giro del dedo del beduino en su interior, para volverla a trastornar gimiendo a gritos, y dislocando su vientre en contracciones que le hacían más salvaje a las sensaciones que experimentaba, hasta que una sensación única se apoderó de su cuerpo naciendo del rincón más imperceptible de la razón y cuando se disponía a explotar, sin ver aún el rostro del moro, sintió que él se clavaba en su interior produciendo exquisitos temblores en su cuerpo, y prendida en deseo dejó escapar el más caliente de los gemidos que nacía de su interior, dejando que su cuerpo se deshiciera por dentro en lamentos paralizando su corazón, para dejarse ir y volar sobre las arenas calientes, hasta que ella sintió que se desvanecía, mientras el moro la llenaba por dentro de delicados manjares que se derramaban hidratándole por dentro. Su cuerpo seguía temblando a cualquier roce del moreno, cuando el trataba de vestirla explotando una y otra vez sin control.... jamás había sentido tal sensación en su vida... luego sus ojos se cerraron... Algunos días después despertó entre cojines,rodeada de rostros que jamás había visto, y una mujer que le sonreía hablando de una forma extraña, pero aunque le buscó entre las carpas, nunca supo que fue de él."
Don Juan De Marco.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Las caderas del Moro...

"Con el rostro cubierto por el sudado pañuelo, dejó que sus mantos cayeran a la arena.. denudo frente a la mujer, que perdida en el desierto no dejaba de preguntarse por qué un hombre tan moreno le seducía sin siquiera imaginar su rostro...pero su cuerpo desnudo prendía en deseo al verlo a sexo desnudo y pechos cubiertos de vellos rizados tan negros como la noche, unos pulmones que no dejaban tranquilo esos pechos donde las gotas de sudor corrían por las tetillas saladas que apagaban la sed. A besos fue bebiendo del sudor del beduino, mientras este se contoneaba de deseo y dejaba escurrir sus manos bajo las faldas de aquella turista, que no pensaba en nada más, que descubrir, a que sabía el cuerpo salvaje, de aquel extraño amante, surgido de las arenas candentes del abandonado desierto que le escondía a los ojos de las mujeres, que en esas arenas se perdían. Esos ojos negros que no dejaban de mirarla fijamente a los ojos...las calientes manos del beduino, sabían cómo excitar con sólo apretar aquellas nalgas semi desvestidas por los dedos del extraño amante vestido de negro en sedas traídas de oriente.Y la llevo a su choza en medio del desierto para que ella descansara.
Ella lo esperaba a que volviera. Esa anciada espera que te va mojando por dentro, que va disparando tus pesones hasta alcanzar la dureza plena, que hace de agua los labios del beduino, mientras te imagina desnudo parada en el portal. Ahí , abrigada por la luz que se cuela entre las rendijas de la vieja puerta, aquella que el sol se va comiendo al pasar de los años.... sus piernas tiemblan mientras sus dedos buscan liberar la pasión contenida entre esos pliegues que exudan un aroma intenso, mientras por sus muslos corre el testigo del deseo. Ser alcanzada por los dedos salvajes del moro, que no dudaran en abrir sus labios vaginales, para huntarse de miel crisálida, espesa y profunda, arrancada de sus entrañas, por la pasión oculta del beduino, que desnudo golpeará tu puerta para hacerla suya, allá lejos quedaran las arenas muertas y doradas del desierto que alguna vez abrigó la soledad...
...Al entrar en la habitación, seguido por la arena del desierto, la morena dormida dejó que le cubriera el cuerpo del beduino... abrió sus piernas esperando que la lengua candente le abriera sus labios, y sin decir palabra, dejó que sus gemidos llenaran los aposentos donde eternamente había recogido la pasión del solitario caminante... una y otra vez su vientre se remeció, creando oleadas, que iban recogiendo el sudor que liberaba el sexo morisco que le penetraba. Gemidos, contraciones involuntarias jamás imaginadas.... Demencias de poseción, súplicas de besos y poderosos brazos que la mantenían fundida entre las sabanas.... Las fragancias del caminante se apoderaron de su existencia, y fueron liberando el codiciado néctar que él recogía con regocijo entre sus labios ... y la fué bebiendo, hasta que ésta , alcanzada por los orgásmos que tanto disfrute generaban, dejó de jadear para congelar su figura en la oscuridad de la choza cubierta de aromas a sexo y encierro, para romper en llantos de goce y placer, derramando todo lo que había dentro de ella...Luego, montando las caderas del moro, le cabalgó para hacerlo explotar en sus entrañas para llenarse de él ... Gozo eterno e infinito..."

De Las Memorias de Don Juan De Marco