Seducidos

viernes, 9 de septiembre de 2016

Tarde de Sabado, horas extras.

Ardiendo y completamente desnudos, corrimos de la mano hacia la oficina y despejando el escritorio salvajemente me empujó dejándome caer. Tras un breve juego de poderes, separó mis rodillas dejando mi sexo a su entera disposición. Lo miraba reprimiéndose, mientras sus pulgares acariciaban suavemente mis testículos. Jadeando me relajé, a sabiendas de que iba a hacerme el inolvidable fellatio que insistentemente había prometido durante nuestras conversaciones seductoras en el pasillo de la oficina.
Sujetó mis muslos abriéndolos. Cada vez que gemía jadeante, me mordía suavemente.
Se acercaba al tronco, noté su lengua titilar febrilmente sobre el glande… La corrida era inminente. Tras los espasmos, apreté mis labios para no alertarle sumido en el más intenso de los placeres. Ella frenó momentáneamente, pero no despegó sus labios, lo presentía tras mi silencio, y dejé que mi naturaleza actuara. Tuve que apartar su cabeza porque, mientras recuperaba el aire, ella volvía a lamerme como si la vida se le fuera en ello, y volvía a detenerse. Se giró sobre mis caderas, terminando de tirar todo lo que restaba del escritorio, hasta que formamos un perfecto 69.
La cabeza entre sus muslos y mi lengua apasionadamente jugando con su vulva, enredándose mi lengua entre sus vellos, intensificaban su excitación demorando el instante en el que alcanzaría su clítoris. Sin dejar lugar a réplica, se giró sobre la espalda y comenzó a cabalgarme. Se rozaba enérgicamente, hasta el punto de hacerme daño en la piel que cubría mi sexo. Nadie me había explicado que el sexo con una mujer pudiera ser tan doloroso. Pero yo no me quejaba. Ver cómo perdía el control sobre mí, compensaba aquella molestia y oír sus intensos gemidos mientras alcanzaba el orgasmo, hacía que todo dolor desapareciera, todo era sexualmente más gratificante que muchas otras experiencias, hasta caer rendida a mi lado aún temblando su vientre. Luego tomó delicadamente mi sexo y lo colocó en su boca , succionándole, y haciéndolo desaparecer en la profundidad de su garganta, hasta que sentí que todo empezaba a dar vueltas y que todo desaparecía a mi alrededor.... despegué por unos instantes ahogándome en mi orgasmo, y sólo volví a verla cuando temblaba entre sus dedos mientras recogía hasta las últimas gotas que resbalaban sobre mi pene aún endurecido, por tan excitante momento.
Sentimos ruidos en el privado siguiente al de ella y corrimos a escondernos al baño... ahí permanecimos por largo rato aún jadeantes y mirándonos como si recién nos descubriéramos....

Don Juan De Marco

1 comentario:

En mi jardín el deseo no tiene límites.