martes, 8 de enero de 2019

Al aire del Jardín

Al  llegar por la noche, fumábamos fuera de la cocina mientras él estaba dentro, detras de la pantalla de su celular.   Intuí que la negra esperaba algo de compostura ante la presencia de su hijo en casa. Me quedé fumando mientras la miraba dentro de la humareda que salía de nuestras bocas, callado. Reí por dentro, después miré su vestido corto y vaporoso que movía el poco aire que se levantaba esa calurosa noche del jardín, como bamboleaban sus pechos, cada vez que reía callada mientras mordía sus labios tras la lasciva mirada. Un dejo de envidia aparcó en mi cabeza a ese aire que se escurría entre sus piernas acariciando sus muslos,  y la imaginé entre las sábanas.  Por el ceño, imaginé las imágenes que se movían dentro de su cabeza , de una imagen que merodeaba en su cabeza de la serie que acabábamos de ver en la televisión, ese hombre que arrojaba al escritorio a la mujer , para hundirse entre sus piernas y clavarla mientras ella apretaba con sus manos la boca para no gritar. Oí cuando dijo: “entonces no habrá fiesta”.
 
La vi radiante, traía el vestido negro floreado de cuello en círculo que dejaba ver el suave y abultado escote. Ella estaba apoyada en el dintel de la puerta. Yo enfrente, con una sonrisa insinuante. Me incliné sobre ella, cuchicheando a su oído, mientras mi boca se deslizaba por su cuello, ella observó a la brevedad mi entre pierna. Pude sentir su exclamación al respirar el champú de su pelo y el perfume dulce de su piel. La besé en el lóbulo y luego mordisqué  con mis labios. Ella había cerrado los ojos, quizá buscando en su interior un algo a que asirse para abortar la embestida. Del lóbulo bajé al escote, volví a su mejilla e intenté darle un beso en la boca. Ella ladeo la cabeza, me instalé sobre el cuello olisqueando su aroma joven, sin más prisa que la turbación de su aliento. Mi rostro  quedó a nivel de sus pechos y de su vientre. Sin evitar los senos en contra de su deseo, fueron mis manos las que tomaron la iniciativa y poco a poco levanté  su vestido y mi boca rodó en la piel de sus  muslos. Ella nunca imaginó tantas sensaciones en una brevedad, y abriéndolos, dejó que me enterrara en su sexo.
El vestido estaba hasta la cintura, quedaron al descubierto sus piernas acaneladas. mis manos exploraban sus caderas, buscaban el elástico de su ropa interior. Los índices al unísono se trabaron en el borde y poco a poco la prenda se deslizaba hacia un lado mientras mis dedos buscaban su interior, cuando descendía por sus glúteos, sentí como levantó sus caderas para que la bragas sedieran. Dueño del quehacer hice lo que me dictó la experiencia.
Sabía que la piel erizada de sus muslos, la caricia de sus manos sobre mi pelo, eran el permiso. Yo Escuchaba el silbido grueso de sus respiraciones, el rechino de sus dientes. Entre sus piernas y dentro, el olor del café, afuera el silente silbido se quebraba por el sonido que hacían mis lamidas en el corazón de su sexo.
La noche era joven, ella se hacía agua. La voltee hacia el muro, mordí sus nalgas y levantándome me fuí justo a enterrar entre sus piernas  enbistiendola hasta sentirla gemir entre dientes y jadeos ahogados, para esconder los gritos que no debían de salir de su boca  . Sus rodillas se rindieron y se dejó caer con su peso sobre mis muslos mientras no dejaba de jadear. Luego sus labios se hundieron en los míos y se quedaron unidos hasta tranquilizar su cuerpo. Yo dejaba su vestido en su lugar , mientras ella terminaba de vestir su sexo con la delicada prenda que yo acababa de rasgar.    
Juan De Marco ... A Gloria

No hay comentarios:

Publicar un comentario

En mi jardín el deseo no tiene límites.