Gracias
Te miro ahí, deshecha en la penumbra de la cama, como un dibujo que el deseo fue trazando con el dedo en un vidrio empañado, y me viene este oleaje, esta urgencia de decirte gracias sin caer en la terrible trampa de las palabras solemnes. Tu sabes bien que el lenguaje es un malentendido, pero la piel, en cambio, no sabe mentir.
Te agradezco esa paciencia con la que fuiste desmontando mis defensas, como quien descascara una fruta prohibida, para encontrarle el centro exacto del jugo. Qué manera de entender el mapa de mis genitales, de demorarte en las esquinas, de inventar un dialecto nuevo que solo nosotros hablamos cuando la luz se apaga. Tu entrega no fue un descuido; fue arquitectura perfecta, asombro.
Ese ir y venir donde ya no sé dónde terminan mis ganas y dónde empieza tu cadera. Tu placer me rebota, me muerde, me resucita. Es de una voracidad compartida: vernos temblar, nos vuelve cómplices de un delito. Desearte es una forma de inventar el mundo de nuevo, de patear el tablero y descubrir que la única ficha que importaba, era este calor que nos quema.
Ahora nos quedamos flotando en el humo invisible de lo que fuimos. Mira cómo se aquieta el aire, cómo tu respiración, busca la mía para convertirse en nudo.
Agradezco este silencio que nos queda, este estar desarmados sin pasado ni futuro, limpios como náufragos que acaban de tocar tierra. No te digo gracias con la boca; te lo dejo prendido en el cuello con este beso, una despedida, un comienzo de otra vuelta al día en ochenta mundos.
Rodrigo Fuster.
Serendipia Noviembre

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En mi jardín el deseo no tiene límites.