Seducidos

sábado, 8 de octubre de 2016

Shang Yue...La perla

Las manos de ambos no permanecían sordas; parecía que ambos sabían que el tiempo apremiaba y no querían perderle. De un giro brusco, la puse de espalda y hacia la pared, subí el kimono empinando sus nalgas y bajé para lamerle el sexo donde el néctar, fluía entre sus piernas marcando las telas de la delicada prenda de seda que le protegía. Mis manos, empujaron entre sus piernas, para acariciar por encima de las bragas mojadas. Ella , jadeaba y gemía complacida... extasiada. Bajé mientras sus piernas temblaban y ella ayudándome a quitarlas, movía las piernas para facilitarme las cosas. Las bajé hasta sus rodillas, para emerger entre sus piernas y comerle el bulbo abierto introduciendo mi lengua a pulsos. Húmeda, emanaba fluidos desde el centro de su alma, aumentando aún más el lívido de la asiática. Sang Yue, se puso en pompas, semi horizontal, apoyada sobre el mesón, con las nalgas abiertas y abrió aún más las piernas para suplicar que le entrara con violencia, facilitando todo con esa posición. Tomando mi sexo, lo colocó ayudándose de su mano y la clavó con un impulso brusco, empujando todo su cuerpo hacia mi. Entregada al deseo, empezó a mover sus caderas mientras yo embestía entre sus piernas, empujando sin parar.
No podía sujetar las ganas de gritar por el placer que estaba estaba sintiendo, por lo que le tapé su boca con la palma de la mano, mientras la seguía enculando. Justo en el mismo momento que iba a explotar, vuelve a entrar la mujer, y al verla Sang Yue, soltó un orgasmo entre delirios y jadeos de placer, arrancando mi sexo y haciéndome acabar encima de sus nalgas abiertas, y en su desesperación por salir, tropezó cayéndose encima de un montón de barreños y palanganas que se encontraban detrás del mostrador, formando un desorden y estruendoso ruido ante el rostro de la sorprendida mujer.

Don Juan de Marco

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En mi jardín el deseo no tiene límites.